En ruta (II)

Manuscrito 512

Apreciado Sr. Ridgewell,

Permítame dedicarle unas líneas en honor a su breve pero intensa vida literaria. Créame si le digo que mi admiración por Bélgica se acrecienta aunque sólo sea por la sensibilidad que un día un brillante escritor demostró por causas como las que Usted defiende.

Sr. Ridgewell: Usted es sencillamente auténtico. A estas alturas de la historia sonroja o, cuando menos, sorprende enormemente, no poder encontrar ejemplos tan egregios como la decisión que Usted adoptó en su día al retirarse a vivir, con todo el brillo de su personalidad, al remoto mundo de los arumbayas, en la América del Sur más profunda.

El mundo moderno a menudo adolece de un exasperante aburrimiento. Avanza pero no avanza. Crece pero hastía. Usted es sin ningún género de duda uno de los más grandes exploradores que ha conocido nuestra vieja Europa.

La manera en que Usted, Sr. Ridgewell, ha defendido a los “buenos salvajes” de las tribus aborígenes americanas, ha dejado sin argumentos y ha combatido la -a menudo- falsa labor civilizadora de algunos colonos. Lo más impresionante es que lo haya llegado a materializar sin perder un ápice, como digo, de su autenticidad. Les enseñaba a jugar al golf (no se entienda esto como algo snob sino como un reflejo de la sana cultura heredada) y, sobre todo, les inundaba de espíritu crítico frente al poder absoluto de los magos y los más abyectos jefes de la tribu. Usted es el más simpático ejemplo de lo que representa una sociedad verdaderamente rica y librepensadora.

En la época más reciente he podido averiguar que hasta las películas de Indiana Jones o los libros del mismísimo Conan Doyle se inspiraron en sus aventuras. También Jurassic Park recurrió a su apasionante historia. La vibrante experiencia de un explorador que llegó de Inglaterra, luego desaparecido en algún lugar recóndito de la Bolivia o el Brasil actual, me ha animado a profundizar sobre la expedición de Fawcett, coronel del regimiento de artillería británico, que un día abandonó Londres (y nuestro mundo) con destino a las salvajes tierras del Mato Grosso, en la Amazonia brasileña, en busca de una ciudad ciclópea. El llamado “Manuscrito 512” constituyó su esperanzadora hoja de ruta, una suerte de expedición mítica al encuentro de una prometedora mina y una ciudad abandonada hacia 1743.

Sr. Ridgewell, sus largas barbas y sus ropas andrajosas y harapientas apuntalan aún más su extraordinaria calidad humana, todo un ejemplo para la Humanidad. Su deliciosa educación, su pulido inglés, sus buenas maneras jugando al golf o disparando con elegancia la cerbatana arumbaya, demuestran donde está la verdadera civilización a preservar. El concepto del “buen salvaje” me recuerda la primigenia “fe del carbonero”, realidades que Usted nos refresca y que nos permiten despertar del letargo en el que nos sumerge este mundo tan moderno y tan perfecto.

No sé si acierto al decir Ridgewell o, más bien, debería mencionar a su alter ego Percival Harrison Fawcett. Sea como fuere, no puedo más que agradecer al bruselense Hergé su genialidad literaria al hacerme feliz creando un microcosmos tan fascinante y maravilloso como es el de la saga que inició Le Petit Vingtième. Con él he viajado desde niño dando puerto a mis ensoñaciones y, en muchos de los países allí evocados, siempre he podido encontrar, con gran ilusión, la huella indeleble de mi estimado Tintín.

Siga fiel a Usted mismo allá donde esté.

Con gran estima,

Fernando Cusatti

. . .

Text: Fernando Cusatti

Tags: , , , ,

Comments are closed.