En ruta (III)

Combarro

En agosto me fui de vacaciones con mi pareja a Galicia. La conocemos bastante bien, pero nunca es suficiente. Estábamos alojados en un hotel frente al puerto de Vigo. Podíamos hacer cualquier cosa desde este punto. Por ejemplo, tomar un barco para visitar las Islas Cíes, desde el cual se vislumbraban envueltas en una niebla espesa, con un barco de carga a lo lejos, asemejándose a un fotograma de película. ¡Agosto y otro año más sin poderme bañar en aguas del Atlántico! Por la noche podíamos ir a pasear por el Mercado de la Piedra y vivir un ambiente nocturno muy agradable.
Durante el día planeábamos una ruta a pueblos y ciudades desconocidas. El primer día llegamos hasta Lugo para recorrer los Cañones del río Sil, afluente del Miño, y todos los pequeños pueblos que lo acompañan, con sus muchas bodegas y sus laderas llenas de viñas que cuelgan de arriba abajo o de abajo arriba, ya que teníamos que subir por unas escaleritas imposibles. ¡Nunca más voy a quejarme de las marjades de mi pueblo en la Tramuntana! Navegamos por el río, entre sus cañones y sus viñas. Fue un viaje no sé si inenarrable, peró sí totalmente desconocido. Los demás días los repartimos entre Orense, Ribadavia -ciudad medieval y tierra del albariño-, Cambados, Carril -para ver llegar las barcas de los pescadores con sus grandes nasas llenas de pulpos-, Villagarcía de Arosa y tantos otros pueblos de esta zona pegados a su ría. También recorrimos Vigo en bus para conocerlo de otra manera. Subimos al Monte O Castro y al Pazo de Castrelos. Desde todos los lugares se llega al mar. Sin ser una ciudad maravillosa, ha mejorado mucho desde la última vez que la visité y, aunque esté superpoblada, tiene un encanto marino muy especial. Se le toma el aire, los olores, los sonidos del mar o de la lluvia fina pero, sobre todo, el continuo chillido de las gaviotas.
Al fin llegó el último pueblo que conocimos, Combarro, ya en el último día de viaje, antes de llegar a Santiago para tomar nuestro avión de regreso a la isla. No lo había visto ni el mapa. Lo descubrí en un periódico del hotel que contaba una travesía de veleros que pernoctaba en este pequeño pueblo escondido entre rías y Pontevedra. Había una foto. Investigué, pero al final tuve que pedir información. Un pueblo cuyos hórreos estaban en el mar. Increíble.

Último día. Equipaje preparado. Adiós Vigo. Dirección Pontevedra-Poío-Combarro-Santiago-Palma.

En Combarro hice un montón de fotos, pero es muy difícil explicar lo que ves más allá de una instantánea. Explicar lo que has sentido, las vibraciones de colores, subidas y bajadas. Mi máquina no daba abasto a todo lo que quería captar. Decidimos quedarnos a comer en uno de estos hórreos colgados sobre el mar. Los callejones en los que no podían pasar más de dos personas, el aire salobre del mar, las barcas varadas sobre la arena oscura, gente subiendo y bajando escaleras, caminos, la playa,…y no sé qué más. Acabé con la batería de la cámara fotográfica. Nos sentamos a comer: fabes con almejas -un plato típico- y zamburiñas -para probar-. Lo regamos con una botella de Ribeiro. Durante el café, miré otra vez hacia el mar. Se movía despacio, venía sin prisa y sin pausa, un fenómeno natural desconocido para mí. Subía la marea intensa y, casi sin darnos cuenta, ya había llegado a media altura de de las columnas que sustentan estos hórreos, tan viejos como la vida de este pueblo. Había desaparecido la arena de la playa y las barcas, que antes estaban varadas, iban subiendo a flote como si se hubiesen perdido buscando un faro en la noche. Fue una experiencia tan fascinante para mis sentidos, que me veo incapaz de escribir todas mis sensaciones. Solo puedo mostrar una foto.

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Text: Marga Ferrer

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