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En ruta (IV)

Miércoles, Febrero 17th, 2016

Irina

Hace dos veranos decidí que quería viajar solo. Además, me apetecía hacerlo en tren. No quería volar y aparecer en otro lugar sin más.
Después de valorar distancia y presupuesto, me pareció que el tren nocturno que une Madrid con Lisboa era una buena opción. Rápidamente me puse a buscar información sobre la ciudad. Me compré guías tirísticas y, a través de la red, recopilé teléfonos y direcciones de interés. Finalmente, salí un martes solo con la reserva de una noche en Lisboa y después, ya decidiría…
Como el hostel donde aterricé me gustaba, decidí quedarme hasta que pasara algo y ese algo pasó. Estaba sentado en la terraza jugando a las cartas con unos surferos australianos, cuando un portazo seguido de unas pisadas fuertes y algo torpes nos interrumpieron. Todos miramos hacia la entrada. Una chica grande y corpulenta acababa de llegar. La chica se sonrojó aun más de lo que ya estaba por el sol. Su piel era blanca. Toda ella tenía el brillo del sudor, se notaba que venía de pasar el día de excursión y venía acalorada y muy cansada. Buscó con la mirada un lugar donde sentarse y dejar de ser el centro de atención. Mi sonrisa y el hueco vacío a mi lado la hicieron decidir sentarse a mi derecha.
Mientras bebía agua y recuperaba la respiración, no dejaba de hablar entre jadeos, preguntaba, explicaba su día… Yo abandoné definitivamente mi partida de cartas. Me sentí atrapado por la vorágine de actitud vital de la chica. Además, mi inglés era muy malo y apenas me entendía con los australianos. A los minutos supe que el nombre de la chica era Irina y que era alemana. Viajaba sola y le gustaba hacer fotos. Yo miraba como se movían sus labios que todavía tenían gotas de sudor acumulado. Rápidamente captó que yo no me sentía cómodo con el idioma y se puso a hablar en castellano; con errores, claro, pero se hacía entender muy bien. Entonces, junto a ella, tuve una sensación extraña. Sentí por un momento que podía dejar de fingir que sabía inglés, dejar de ser otro y ser yo mismo con alguien. No había sido consciente de eso hasta que llegó Irina.
Aquella tarde seguimos comentando los lugares que habíamos visitado. Ella en un día había visto casi lo mismo que yo en varios, era hiperactiva. Tenía ese gesto nervioso de mover la pierna derecha arriba y abajo, como si fuera a salir corriendo en cualquier momento. Hablando de la ciudad, descubrimos que teníamos una visión del mundo parecida. Mientras, ella comía y bebía con ansia. A mí me hacían gracia sus movimientos torpes pero a la vez decididos. Sus gafas pequeñas y redondas se le resbalaban a causa de las gotas de sudor que le caían por la nariz.
Entonces Irina, poniéndose las gafas bien, dijo:
-Tienes que ir a Oporto, te gustará.
-¿Puedo ir en tren?- dije yo.
-Claro.
A la mañana siguiente me despedí de Irina. Ella seguía su viaje al sur, hacia las playas. Yo me fui al norte, a Oporto.
Ahora, de mi viaje a Portugal siempre recuerdo Oporto, y a Irina le doy las gracias por recomendármelo. En un viaje sin planes, ella fue mi brújula. En Oporto pasé 7 días y 7 noches, fui feliz, me enamoré de la ciudad y de una mujer, María… Pero esa es otra historia.

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Text: Dani Iranzo